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De dos libreros, una monja polaca y un militar soviético; de una máquina de bolas

Mi primer y suave confinamiento fue de crío, no debía de tener más de ocho o nueve años. Un señor médico que no paraba de fumar y toserme en la cara, me diagnosticó tosferina y me recetó pasar parte del verano en los Pirineos. Recuerdo pasear de la mano de mi madre por un pueblo de calles estrechas y toparnos con un enorme jabalí muerto a medio desollar colgado en el bajo de una casa.

El segundo, también suave y nada estricto, duró tres meses, fue en París y lo pagaron los franceses: el Ministerio de Cultura de nuestro admirado y letrado país vecino me invitó a un curso de formación librera junto con un pequeño grupo de colegas de otros países. La lengua hizo el resto, o mejor su carencia, pues los que peor hablábamos francés acabamos haciendo piña: un librero de Oporto, una monja seglar polaca, un comandante del extinto Ejército Rojo de la extinta Unión Soviética y yo. Por  amor al portugués,  también una joven librera maliense apellidada Traoré.

Si me preguntas que pintaban allí la monja y el comandante te contestaré que ni idea. Al parecer,  la primera ordenaba la biblioteca de no sé qué extraña orden religiosa mientras que el segundo trabajaba en un organismo militar que hacía compras en los países capitalistas. A pesar de las históricas y persistentes disputas y guerras entre sus dos países, a ambos los unía una misma pasión: el vodka. También la verborrea alcohólica y los continuos abrazos entre llantos y risas. Los componentes del sector ibérico no tardamos en sumarnos a la ¿fiesta? sin desentonar para nada. Traoré miraba y se reía.

Estábamos alojados – bajo estrictos controles- en una residencia para estudiantes extranjeros de la que nos sacaban diariamente para llevarnos a una escondida escuela que parecía  formar parte de los bienes raíces de los Servicios Secretos de la France. Allí, un señor muy gordo de traje oscuro nos dictaba interminables conferencias que siempre acaban con el típico “bof”*

Al mes de “bofs” nuestro colega soviético dejo de acudir a las clases y a ausentarse de la diaria rutina de la residencia. Como la polaca empezó a ponerse mustia y al tipo le habíamos comenzado a tomar cariño tras tantas resacas y abrazos, empezamos a indagar sobre su desaparición. Barajábamos desde que hubiera desertado y huido a Estados Unidos a que alguno de los muchos descendientes del ejército blanco ruso que habitaban antaño en París lo hubiera asesinado y escondido el cadáver, algo extremadamente complicado merced a sus dos metros de altura, anchura y profundidad: tenía unas manos que parecían el frontón de Alsasua.

Y de repente la luz, ¡Le Gymnase!  Relativamente cerca de nuestra residencia, casi al comienzo de nuestro confinamiento, habíamos encontrado un cutre, apartado y barato bar,  irónica y brillantemente así denominado, que recogía  a los cutres, marginados y pobres del barrio. Además de demies **a buen precio, el local disponía de una maravillosa máquina de bolas, un luminoso y reluciente flipper, único elemento merecedor de la bayeta de los camareros. Allí jugó Nikolai la primera partida de su vida y allí no dejo de hacerlo desde su “desaparición”.  Al vernos nos dedicó  una amplia y poco militar sonrisa, nos invitó a beber y por lo bajini y mirando de lado a lado nos espetó su testimonio vital: “Vive le capitalisme!”

No sé si tras tantos años de Putin, tras la desaparición del imperio soviético, el caos ecológico, económico y social de las que fueron sus diversas repúblicas, la soez y descarnada corrupción y el creciente poder de las mafias rusas, Nikolai seguirá pensando lo mismo, pero me gusta imaginármelo pasando los fines de semana en su dacha de las afueras de Moscú jugando al flipper.

Orient-Express. El tren de Europa, último libro del barcelonés Mauricio Wiesenthal, traza de manera brillante y amena la historia de un tren que fue medio de transporte pero también una forma de civilización. Comparte muchas inquietudes y hallazgos con otro fantástico libro, Los Europeos. Tres vidas y el nacimiento de la cultura cosmopolita, obra del reconocido historiador británico Orlando Figés, traducido por María Serrano Giménez.
Que Luis Solano, editor de Libros del Asteroide, esté empeñado en recuperar la figura de Graham Greene, es una de las alegrías de este verano que ya se anuncia. Acaba de lanzar al extraño mercado literario una de sus mejores novelas, El revés de la trama, con nueva traducción de Jaime Zulaika. Pasiones e intrigas en una colonia británica de África Occidental. No dejes de leerla, pasarás un rato estupendo. También lo harás con Muro fantasma, relato de Sarah Moss traducido por Vanessa García que habla de arqueología y arqueólogos que a veces remueven de manera imprudente…

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