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De ganar a correr al ascensor; de adelantar a los peatones; de vivir o no en Zaragoza. Y nuestro clásico “bonus track”: 3 libros, 3.

Siempre me ha gustado correr, vivir la vida a saltos. De niño echaba carreras mentales a cuanto peatón me cruzaba, retaba al ascensor de mi casa a ver quien llegaba antes a la planta calle. El concepto paseo, si no tiene un objetivo, una meta, se me hace extraño, forzado. Ando rápido, a buen paso. Más de un vecino se ríe cuando me ve salir de la librería con pose y cara de Emil Zátopek.



Cuando me alejo de Zaragoza noto en mí una extraña y deliciosa calma. Mis piernas se vuelven indolentes y zigzaguean de izquierda a derecha, de derecha a izquierda. Todo me llama la atención, todo me empuja a detenerme. Soy un viajero tranquilo y confiado, de los que se asustan poco y disfrutan mucho.



Hoy por la mañana he acompañado a mi hija pequeña – 22 años- a hacer recados administrativos. Empieza a trabajar en breve y tenía que conseguir alguna documentación. A los quince minutos he tenido que pedirle que bajara el ritmo de su caminar, casi me da un telele.



Tengo dos opciones: o sueño que no vivo en Zaragoza o adelgazo y me pongo en forma. Aunque no debería de descartar la primera tal como empieza a barruntarse el futuro de mi ciudad, he decidido aceptar el segundo reto. La próxima vez te gano, Lucía…o al menos quedamos empatados (pero prométeme que no acelerarás demasiado).



Ya tenemos encima el verano, buen momento para leer con la calma y deleitación que exigen las obras mayores. Me permito recomendarte tres de ellas: Mi madre era de Mariúpol, obra de Natascha Wodin traducida por Richard Gross, un libro extraordinario en el que la autora bucea en la historia de Alemania, Rusia y Ucrania en busca de la identidad de su madre, trabajadora esclava durante la II Guerra Mundial; Los hombres de Rusia de Reinaldo Laddaga es una “alegoría de la extrema derecha en la bufonesca y ominosa versión que recorre la política de América y Europa”; y El final del affaire, nueva traducción – a cargo de Eduardo Jordá- de la que para muchos es la mejor obra Graham Greene, un elegante cóctel de amor, celos, odio y fe religiosa.

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