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De mi afición a las drogas; de cómo Marie Kondo nos pone de los nervios; de cómo “fundir” la Seguridad Social. Y “bonus track”: 3 libros, 3

A pesar de que en mi juventud lo intente con relativa pasión, no soy un gran aficionado a las drogas. Admito que tanto para ponerme eufórico como para tranquilizarme u olvidar soy adicto al vino y –en menor grado- a la cerveza. Los alcoholes duros tampoco son lo mío, si bien el tequila me sienta genial, pero solo si lo tomo en mi amado México.

Al menos eso creía hasta que animado por las absurdas teorías de Marie Kondo* me he puesto a ordenar el botiquín de mi casa con intención de eliminar los medicamentos caducados o no utilizados.

(Aviso previo: a dios gracias o a los genes de mis ancestros no soy un gran usuario ni de la sanidad pública ni de la privada: aparte de alguna ocasional jaqueca, un molesto pero soportable dolor de espalda, algo de colesterol de origen familiar*, una controlada hipocondría de índole menor y un filosófico malestar con la humanidad, soy un tipo normal que goza de una salud del montón.)

Me he sentido como Sito Miñanco o el “Chapo” Guzmán al comprobar la ingente cantidad de medicamentos- drogas- que acumulo, de manera absurda además, ya que ni las ingiero ni -al contrario de los nombrados- extraigo de su abundancia un rendimiento económico.

Con todas las cajas de analgésicos, antibióticos, antialérgicos, antidiarreicos, antitusivos, mucolíticos, antiinfecciosos, antiinflamatorios, antipiréticos…que acumulo podría de facto abrir una farmacia clandestina para competir con la de mi muy querido y admirado amigo Pedro Bosqued, o hacerme rico en vendiendo pastillas de una en una a precios desorbitados en cualquier mercado público de Bamako o Abiyán, aprovechándome del abandono que los laboratorios farmacéuticos practican de los países africanos: si no dan a ganar, para qué atenderlos.

Si algo une a todos los españoles por encima de banderas, ideologías y pasiones deportivas es nuestra pasión por dilapidar los fondos de la Seguridad Social, esa de la que despotricamos sin cesar y que según todos los estudios internacionales es de las mejores del mundo, sino la mejor.

No nos engañemos, para todos nosotros un buen médico es el que receta con generosidad: ve y mira tu botiquín. Me temo que el gasto sanitario no lo arregla la política sino la sensatez. Y de ésta no andamos sobrados.

De negocios y drogas el que sabe es Don Winslow, autor de La Frontera, obra que cierra la extraordinaria trilogía- iniciada con El poder del perro y El cártel - que ha dedicado al nacimiento y desarrollo de los cárteles mexicanos. En el mejor sentido del término, una lectura adictiva.

La legión de “enganchados” a Pedro Mairal -que deliciosa novela es La uruguaya- estamos de enhorabuena: Libros del Asteroide acaba de editar Maniobras de evasión, una selección de sus mejores crónicas periodísticas realizada por Leila Guerrero, toda una garantía.

Son muchos los aficionados a la francesa – y peligrosa- absenta, pero no tantos como a Pierre Lemaitre: casi dos millones de ejemplares vendió en su país de la “archipremiada” Nos vemos allá arriba. Ahora Salamandra publica Los colores del incendio gracias a la traducción de José Antonio Soriano Marco en la que continúa las andanzas de la familia Péricourt.


* El año 2015, la revista Time incluyó a Marie Kondo en la lista de las cien personas más influyentes del mundo. La autora japonesa se dio a conocer mundialmente con La magia del orden, del que lleva vendidos 30 millones de ejemplares, de los cuales en Cálamo hemos vendido 2. En Netflix protagoniza la serie A ordenar con Marie Kondo, en la que afirma que en cada casa sólo debería haber 30 libros: definitivamente esta señora no me cae bien.

*El colesterol es un gran fuente de inquietud para millones de personas de todo el mundo…y una fuente inagotable de ingresos para las grandes multinacionales farmacéuticas. Algunos estudios parecen anunciar que el chollo se les puede acabar: a determinada edad no está clara la maldad que se le atribuye.

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