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De que no me fío de los buenos; de un poema de Bertolt Brecht; de que los malos siempre aparecen.

“Hay hombres que luchan un día y son buenos/Hay otros que luchan un año y son mejores/ Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos/Pero los hay que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles”


No sé por qué, pero nunca me ha gustado el poema de Bertolt Brecht, ni siquiera cuando era joven y crédulo, que me perdonen los jóvenes y los crédulos. (La verdad es que, como bien han demostrado los resultados electorales, hay crédulos de todas las edades).


No me fío de los muy buenos. Ni tampoco mucho de los buenos sin más. No me gustan, me dan miedo. Nunca sé lo que esconden, o, lo que es peor, si siquiera tienen algo que esconder. La bondad puede ser la más vacía y cruel de las máscaras.


En las pelis siempre estoy con los seres atormentados, con los que no siempre se portan como es debido, con los que dudan y se equivocan.


Los muy buenos son como los muy malos: engreídos, fatuos, simples y- al final- violentos. Además de aburridos de solemnidad: siempre piensan y dicen lo mismo. Y de tanto en tanto les da por juntarse para dar mamporros, hacer procesiones y quemar libros. A los muy malos se les ven rápido las intenciones, es cierto. Pero siempre aparecen cuando estamos adormecidos, asustados o despistados: tardamos en reaccionar.


Por eso, para no dormirnos, hay que leer historia y ensayo político. Leer el último libro de Paul Preston, Un pueblo traicionado. España de 1876 a nuestros días: corrupción, incompetencia política y división social o el excelente y provocador ¿Qué hacer con la extrema derecha en Europa. El caso del Frente Nacional de Guillermo Fernández- Vázquez. Leer dos clásicos contemporáneos que no me canso ni me cansaré de recomendar: Calle Este-Oeste. Sobre los orígenes de "genocidio" y "crímenes contra la humanidad” de Philippe Sands y Los amnésicos. Historia de una familia europea de Géraldine Schwarz.

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