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Del Consultorio de Elena Francis; de darnos una tregua; de un cierto tufo.

Hoy, lejos de casa, me he levantado en plan Consultorio Elena Francis, mítico programa de radio de “consejos para la vida” emitido en España entre 1947 y 1984. Asómbrate: la gente buscaba solución para sus problemas en el dial y el vino tinto. Obvio: ni existía internet, ni facebook, ni twitter, ni demás puñetas.


Sintoniza, que voy.


De vez en cuando hay que darse una tregua. Nos encanta convertir la vida en una orgía de eternas disputas, algunas ineludibles, no seamos divinos, pero muchas tan absurdas como pueriles. No me voy a poner en plan zen, que no me pega nada y es una “sosada”, pero de allí a estar todo el día jugando a la guerra hay una buena distancia. La vida – y sigo son los símiles militaristas, lo que en sí ya es indicativo- es una batalla que de manera ineluctable acabaremos perdiendo. No la hagamos además innecesariamente amarga.

El debate político contemporáneo se juega en escenarios en los que el que más grita se lleva el premio, escenarios diseñados para que no sea lo que debería ser, debate. No hay argumentos porque no son necesarios: de lo que se trata es de mantener unida tu jauría, a tu masa de adeptos. No hay dos caras, quien es un energúmeno en las redes sociales o en los medios de comunicación lo es en todo lo demás. Ser una bestia vende, es así. El autoritarismo excluyente no es un fenómeno que se manifieste solo en una o varias fuerzas políticas, es también un aroma que impregna a casi todo el espectro político. Ese aroma es al que hay que tener miedo: apesta.



Fin de la emisión.

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