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De beber, ahorrar y robar; de mi güisqui es mío.

Yo soy de beber a muerte, pero tía, cada vez que no iba a la barra eran 10 pavos que me ahorraba.”


Oí esta frase hace unos días, en la terraza de un bar, antes de que viniera este frío de narices. En su momento, además de divertida y genial, me pareció un canto al buen conformar y una maravillosa lección de optimismo vital.


Pero también es posible que lo que escuche fuera el inicio de una depravada vida dedicada a la especulación económica: alguien deja de beber, comienza a ahorrar, invierte en bolsa, compra cuatro empresas en quiebra, despide a sus empleados, las revende por el doble de lo que le costaron, vuelve a invertir en bolsa y, china chana, acaba de en la lista de los más ricos de la revista Forbes.


Estoy en mi casa y no en un bar, no tengo la cartera a mano y la botella de bourbon es mía, que me la regaló mi hermano para mi cumpleaños. Unas ahorran 10 pavos y otros se podrían haber ahorrado otras cosas más importantes. Me voy a la cama, se acabó la noche electoral.

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